[1] Ovidio, Metamorfosis IV, 779–785. Traducción de Consuelo Álvarez y Rosa Mª Iglesias, en en: Ovidio, Metamorfosis, Madrid, Cátedra, 1997.

[2] Jean-Pierre Vernant, La muerte en los ojos. Figuras del Otro en la antigua Grecia (1985), Barcelona, Gedisa, 1996: 44

[3] Homero, Odisea, XI 634

[4] Homero, Odisea, X 521 y 536 y XI 29 y 49.

[5] Jean-Pierre Vernant, ob. cit., p. 64.

[6] This is the dead land

  1. This is cactus land

  2. Here the stone images

  3. Are raised, here they receive

  4. The supplication of a dead man's hand

  5. Under the twinkle of a fading star.

[7] ‘Erebus’ era el nombre de un barco de la armada inglesa que, junto con el ‘Terror’, Joseph Conrad cita al principio de Heart of Darkness. Ambos barcos integraron la expedición que John Franklin emprendió en 1945 a la búsqueda de un paso por el noroeste ártico. Un error fatal llevó a los dos barcos hacia un mar de hielo infranqueable donde finalmente todos los integrantes de la expedición hallaron una muerte horrorosa.

Cuando Willard embarca en la PBR (Patrol Boat River) que le conducirá hasta el campamento de Kurtz, ni en la popa de la embarcación ni en el escudo de la metralleta (calibre 50) de popa hay inscripción alguna. Antes de franquear el puente de Do Lung, la tripulación habrá ‘bautizado” a la metralleta como “Canned Heat” (“calor enlatado” literalmente, muy adecuado para una metralleta), nombre de una banda de rock americana, formada en 1966, que tocó en el Festival de Monterey (1967) y en el de Woodstock (1969), y cuyos éxitos más importantes fueron “On the road again” y “Going Up The Country”. Después de superar el puente de Do Lung, la PBR ya lleva el nombre de “Erebus”


  1. «Os entrego el secreto de los secretos. Los espejos son las puertas por las que la Muerte va y viene». Orfeo (Orphée, Jean Cocteau, 1950)



El espejo, de cristal, de agua o del reluciente bronce de los escudos, ya desde la antigüedad ha sido asociado de distintas maneras con la muerte. Aunque no siempre como el umbral por donde ésta se asoma, pues de hecho, el espejo también se ha considerado como el escudo con el que defenderse de sus golpes mortales de necesidad. Por un espejo (de agua) le llega a Narciso la muerte. Un día, cansado después de una calurosa jornada de caza, se inclina sobre una fuente para refrescarse y calmar la sed. Pero, para su desgracia,


otra sed creció, y, mientras bebe, atraído por la imagen de la belleza contemplada, ama una esperanza sin cuerpo, piensa que es un cuerpo lo que es agua. Se queda estupefacto a la vista de sí mismo y, sin mover su propio rostro, se mantiene inmóvil como una estatua cincelada de mármol de Paros (...) Sin saberlo se desea y él mismo, que da la aprobación, la recibe, y mientras busca es buscado y a la vez incendia y se inflama ¡Cuántas veces dio vanos besos a la fuente traicionera! ¡Cuántas veces sumergió sus brazos, que intentaban coger el cuello visto en medio de las aguas, y no quedó preso en ellos! Crédulo, ¿por qué intentas coger en vano esquivas imágenes? Lo que buscas no está en ningún sitio; lo que amas, apártate, lo perderás. Esta que ves es la sombra de tu imagen reflejada: nada tiene ésta de sí misma: contigo viene y se queda, contigo se apartará en caso de que seas capaz de apartarte (...) “Me agrada lo que veo –ahora habla Narciso–, pero lo que veo y me agrada no lo encuentro empero: ¡tan gran engaño se apodera del enamorado! Y, para que mi dolor sea mayor, ni nos separa un enorme mar, ni un camino, ni montañas, ni murallas de cerradas puertas: ¡Me lo impide un poco de agua! ¡Él mismo desea ser tomado! Pues, cuantas veces acerco mis besos a las límpidas aguas, tantas veces éste se esfuerza con la boca hacia arriba en mi busca” [1]


Narciso ya no puede dejar de mirar a la superficie del agua, y no porque esté encantado consigo mismo, sino porque está profundamente enamorado de aquel ser trágicamente inaccesible que se halla al otro lado del espejo. Finalmente, extenuado, “dejó reposar su agotada cabeza en la verde hierba, [y] la muerte cerró los ojos que admiraban la belleza de su dueño. Incluso entonces, después de que fue recibido en la sede infernal, se contemplaba en el agua estigia”.


El espejo, para Narciso, en la versión de las Metamorfosis de Ovidio, es principio de muerte, pues, junto con la imagen de su ser amado, le devuelve el miedo, la angustia de una imposible unión.



Willard petrificado

Perseo y el espejo protector


Willard, semidesnudo, reposa sobre la cama de un hotel en Saigón. Cuando lo vemos por primera vez (en primer plano cenital), su rostro aparece invertido en la pantalla y superpuesto al plano del incendio de la selva de palmeras con el que comienza Apocalypse now. La cara de Willard ocupa algo más de la mitad izquierda de la pantalla. Unos instantes después, se añade, superpuesto también, un primer plano de una gran cara de piedra, ésta boca arriba, que llenará el resto de la pantalla. El incendio de fondo ha adquirido un aspecto infernal. Pero, al margen de apreciaciones más o menos subjetivas, resulta indiscutible que Willard y el rostro de piedra tienen una relación especular.




¿Quién es ese rostro de piedra? Quizá, la clave esté en la tradición mitológica y religiosa griega y romana, y más exactamente en los mitos de Perseo y Medusa.


Ovidio, en las Metamorfosis, relata el descenso de Perseo a la morada de las Gorgonas, el mismo Hades según algunas fuentes literarias, para llevar cabo una hazaña memorable. Cuenta el propio Perseo que


alcanzó las mansiones de las Gorgonas, y que por todas partes vio a lo largo de los campos y de los caminos imágenes de hombres y de fieras convertidas en piedra de lo que eran con la contemplación de Medusa; que él, sin embargo, había contemplado la figura de la terrorífica Medusa reflejada en el bronce del escudo que portaba en su mano izquierda y que, mientras un pesado sueño se adueñaba de las culebras y de ella misma, le arrancó la cabeza del cuello [2]


Las Gorgonas, una de las cuales es Medusa, representan para los griegos, como dice Jean-Pierre Vernant, “el extremo del horror”. Pero Vernant es más explícito aún: «Cualesquiera que fueran las modalidades de distorsión empleadas, la figura [de las Gorgonas] siempre muestran cruces de lo humano con lo bestial, asociados y mezclados de distintas maneras. La cabeza alargada y redonda recuerda una cara leonina, los ojos están desorbitados, la mirada es fija y penetrante, la cabellera es concebida como melena animal o erizada de serpientes, las orejas son grandes y deformes –en ocasiones como las de una vaca–, la frente suele mostrar cuernos, la boca abierta en un rictus ocupa todo el ancho de la cara y muestra varias hileras de dientes con caninos de león o colmillos de jabalí, la lengua se proyecta hasta salir de la boca, el mentón es peludo y barbado, profundas arrugas surcan su piel». No debe extrañar, pues, que Homero, en la Odisea, diga que la cabeza de Gorgona produce un “monstruoso terror” [3]


Es decir, la contemplación de la cara del horror, de Medusa, deja a uno petrificado, de piedra.


Willard, en la habitación del hotel de Saigón se coloca delante del espejo, y de un puñetazo lo rompe.



Esta acción, quizá se asustó al ver trabajar a la muerte, tendrá consecuencias fatales. Porque Willard se ha quedado sin escudo, sin protección contra la visión del horror justo cuando va a iniciar su descenso al Hades, pues eso es el Angkor que habita Kurtz, un paraje infernal sembrado de cabezas sin cuerpo, como el Hades de la Odisea, donde, por cierto, los muertos son nombrados a través de la fórmula «cabezas sin vida» o «cabezas sin fuerza» [4]


El rostro del vivo con la singularidad de sus rasgos, es uno de los elementos de la personalidad. Pero en la muerte, la cabeza a la que ha sido reducido, cabeza intangible y despojada de fuerza, semejante ala sombra de un hombre o a su reflejo en un espejo, está rodeada de oscuridad, hundida en las tinieblas. Es una cabeza vestida de noche (...) en el reino de los muertos. [5]


Pero además de cabezas humanas, en el campamento de Kurtz se erigen descomunales caras de piedra esculpidas sobre enormes columnas o en muros de piedra. Así es Angkor. Y no hay que olvidar que Kurtz, en un momento, aparece leyendo The hollow men de T.S. Eliot, poema en el que se habla de la tierra muerta, del reino de la muerte, donde se levantan imágenes de piedra. [6]


Poco a poco Willard se irá internando en una obscuridad aterradora a bordo de una embarcación a la que, tras franquear el puente de Do Lung, le han pintado en la popa el nombre de ‘Erebus’, [7] la personificación de las tinieblas infernales para los griegos.




Cuando finalmente Willard se enfrenta con la cara del horror, como ha cometido la imprudencia o la torpeza de romper su escudo, su protección reflectante, tendrá que mirarla directamente. Y entonces, como todos los que contemplan de frente a Medusa, queda petrificado: en el último plano de Apocalypse now, sobre un fondo obscuro, negro, vuelve a aparecer la misma cara de piedra del principio. De pronto, en medio de la pantalla, emerge la obscurecida cara de Willard que, poco a poco, irá desplazándose hacia la derecha. Cuando los ojos y la cara de Willard se superponen a los ojos y la cara de piedra, aquélla se confunde hasta fundirse por completo con ésta. Al final, sólo queda la cara de piedra, la cara de quien ha visto el horror y se ha petrificado.




“La cara de Gorgo es el Otro, tu propio doble, el Forastero, la recíproca de tu cara como una imagen en el espejo (ese espejo en el cual los griegos sólo podían mirarse de frente y con la forma de una mera cabeza), pero una imagen que es a la vez más y menos que tú, simple reflejo y realidad del más allá, una imagen que te atrapa porque, en lugar de devolverte la apariencia de tu rostro, de refractar tu mirada, representa en su mueca el espantoso terror de una alteridad radical con la cual te identificarás al convertirte en piedra (...) Lo que te muestra la máscara de Gorgo cuando quedas fascinado por ella es tú mismo, tú mismo en el más allá, esta cabeza vestida de noche, esta cara enmascarada de invisibilidad que, en el ojo de Gorgo, demuestra ser la verdad de tu propia cara.”


Jean-Pierre Vernant, La muerte en los ojos. Figuras del Otro en la antigua Grecia (1985), Barcelona, Gedisa, 1996: 44

 

La cabeza de Medusa, el espejo y la muerte