la ciudad del alma

fragmentos y reflexiones sobre una metáfora


1


El alma de la ciudad y la ciudad del alma

Platón expone en su República una doctrina que postula, hablando con propiedad, un isomorfismo entre el alma del ser humano, a la que en ocasiones denomina metafóricamente “ciudad”, y la polis: en el alma de cada uno, muy necesariamente, hay las mismas partes, los mismos modos de ser, y en el mismo número que en la ciudad. Y en la ciudad perfecta hay las mismas clases que en alma humana.


Se puede decir que Platón concibe al alma del ser humano, metafóricamente, como una ciudad. No en vano llama “acrópolis” a la parte inmortal del alma, cuya actividad específica es la razón. Y al final del libro IX de la República, cuando pone en duda que su ciudad utópica pueda llegar a existir en lugar alguno de la tierra, habla de la ciudad de uno mismo, diríamos una “ciudad interior”, la única en la que se debe actuar según Platón.


La polis inexistente ideada por Platón está conformada por tres clase: los guardianes perfectos o gobernantes filósofos, los auxiliares o militares, y los productores.


Y, por lo que respecta al alma, con matices, terminología diferente, y a través de relatos de distinta naturaleza a lo largo de su obra, Platón la concibe también con una estructura tripartita. En concreto, en la República, una obra de madurez, se encuentra con claridad esta composición.


En efecto, el alma tendría una parte apetitiva, que incluye el deseo de comer, de beber, el deseo sexual, etc. Es decir, aquella parte que desea fisiológicamente diríamos hoy.


El deseo fisiológico, primario, básico, no siempre es lo mejor o más saludable. Pero, por otro lado, la parte apetitiva del alma es incapaz de discernir lo que más conveniente, porque no puede desear algo y lo contrario a la vez. Por tanto, si hay algo en el alma que la impulsa a beber, el apetito, pero finalmente se abstiene, debe tratarse entonces de algo diferente de su parte concupiscible. Es la parte racional.


Pero aún hay una tercera parte: el thymós o ánimo. Esta parte del alma muchas veces entra en conflicto con el apetito. Y no siempre prevalece. Pero cuando los apetitos entablan disputa con la razón, el ánimo se alinea con ésta. El ánimo siempre está de parte de la razón, a su servicio, presto a doblegar, con el coraje y el arrojo que le son propios, las insurrecciones de la parte concupiscible levantada contra la parte racional.


El isomorfismo o correspondencia biunívoca entre las partes del alma y las clases de la ciudad sería el siguiente:


La productores serían como el apetito de la ciudad; y el apetito sería como la clase productiva del alma.


Los guardianes o auxiliares serían como el ánimo de la ciudad; y el ánimo sería como los guardianes o auxiliares del alma.


Los guardianes perfectos, los gobernantes filósofos serían como la razón de la ciudad; y la razón sería como los guardianes perfectos, de los gobernantes filósofos del alma.


2.


Italo Calvino, Las ciudades invisibles (Le città invisibili, 1972), Madrid, Siruela, 2009:  25-26. Trad. de Aurora Bernárdez.


“En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira tal como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.” [25-26]


"Es inútil decidir si ha de clasificarse a Zenobia entre las ciudades felices o entre las infelices. No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos clases, sino en otras dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos, o logran borrar la ciudad, o son borrados por ella." [49]


"- Del número de ciudades imaginables hay que excluir aquellas en las cuales se suman elementos sin un hilo que las conecte, sin una norma interna, una perspectiva, una explicación. Ocurre con las ciudades lo que en los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un temor. Las ciudades, como lo sueños, están construidos de deseos y de temores, aunque el hilo de su discurrir sea un secreto, sus normas absurdas, su perspectivas engañosas, y cada cosa esconda otra.


- No tengo ni deseos ni temores -declaró el Kan-, y mis sueños los compone o la mente o el azar.


- También las ciudades creen que son obra de la mente o del azar, pero ni la una ni la otra bastan para mantener en pie sus muros. De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino las respuesta que da a una pregunta tuya.


  1. -O la pregunta que te hace obligándote a responder, como Tebas por boca de la esfinge." [57-58]


“Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.

  1. -¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? -pregunta Kublai Kan.

  2. - El puente no está sostenido por esta piedra o por aquélla -respondió Marco-, sino por la línea del arco que ellas forman.

   Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:

  1. -¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco.

   Polo responde:

- Sin piedras no hay arco” [96]


“Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran -dijo Polo-. Quizás tengo miedo de perder Venecia de una vez por todas si hablo de ella. O quizás, hablando de otras ciudades, la he ido perdiendo poco a poco” [100]


3.


Sigmund Freud, El malestar de la cultura (Das Unbehagen in der Kultur, 1930), Madrid, Alianza Editorial, 2009: 58-61. Trad. de Ramón Rey Ardid.


“En el terreno psíquico la conservación de lo primitivo junto a lo evolucionado a que dio origen es tan frecuente, que sería ocioso demostrarla mediante ejemplos (...)


Tocamos aquí el problema general de al conservación en lo psíquico, problema apenas elaborado hasta ahora, pero tan seductor e importante que podemos concederle nuestra atención por un momento, pese a que la oportunidad no parezca muy justificada e importante que podemos concederle nuestra atención por un momento, pese a que la oportunidad no parezca muy justificada. Habiendo superado la concepción errónea de que el olvido, tan corriente para nosotros, significa la destrucción o aniquilación del resto mnemónico, nos inclinamos a la concepción contraria de que en la vida psíquica nada de lo una vez formado puede desaparecer jamás: todo se conserva de alguna manera y puede volver a surgir en circunstancias favorables, como, por ejemplo, mediante una regresión de suficiente profundidad.


Tratemos de representarnos lo que esta hipótesis significa mediante una comparación que nos llevará a otro terreno. Tomemos como ejemplo la evolución de la Ciudad Eterna. Los historiadores nos enseñan que el más antiguo recinto urbano fue la Roma quadrata, una población empalizada en el monte Palatino. A esta primera fase siguió el Septimontium, fusión de las poblaciones situadas en las distintas colinas; más tarde apareció la ciudad cercada por el muro de Servio Tulio, y aún más recientemente, luego de todas las transformaciones de la República y del Primer Imperio, el recinto que el emperador Aureliano rodeó con sus murallas. No hemos de perseguir más lejos las modificaciones que sufrió la ciudad, preguntándonos, en cambio, qué restos de esas fases pasadas hallará aún en la Roma actual un turista al cual suponemos dotado de los más completos conocimientos históricos y topográficos. Verá el muro aureliano casi intacto, salvo algunas brechas. En ciertos lugares podrá hallar trozos del muro severiano, puestos al descubierto por las excavaciones. Provisto de conocimientos suficientes -superiores a los de la arqueología moderna-, quizá podría trazar en el cuadro urbano actual todo el curso de este muro y el contorno de la Roma quadrata; pero de las construcciones que otrora colmaron ese antiguo recinto no encontrará nada o tan sólo escasos restos, pues aquéllas han desaparecido. Aun dotado del mejor conocimiento de la Roma republicana, sólo podría señalar la ubicación de los templos y edificios públicos de esa época. Hoy, estos lugares están ocupados por ruinas, pero ni siquiera por las ruinas auténticas de aquellos monumentos, sino por las de reconstrucciones posteriores, ejecutadas después de incendios y demoliciones. Casi no es necesario agregar que todos estos restos de Roma antigua aparecen esparcidos en el laberinto de una metrópoli edificada en los últimos siglos del Renacimiento. Su suelo y sus construcciones modernas seguramente ocultan aún numerosas reliquias. Tal es la forma de conservación de lo pasado que ofrecen los lugares históricos como Roma.


Supongamos ahora, a manera de fantasía, que Roma no fuese un lugar de habitación humana, sino un ente psíquico con un pasado no menos rico y prolongado, en el cual no hubiere desaparecido nada de lo que alguna vez existió y donde junto a la última fase evolutiva subsistieran todas las anteriores. Aplicado a Roma, esto significaría que en el Palatino habrían de levantarse aún, en todo su porte primitivo, los palacios imperiales y el Septizonium de Septimo Severo; que las almenas del Castel Sant´Angelo todavía estarían coronadas por las bellas estatuas que las adornaron antes del sitio por los godos, etcétera. Pero aún más: en el lugar que ocupa el Palazzo Caffarelli veríamos de nuevo, sin tener que demoler este edificio, el templo de Júpiter Capitolino, y no sólo en su forma más reciente, como lo contemplaron los romanos de la época cesárea, sino también en la primitiva, etrusca, ornada con antefijos de terracota. En el emplazamiento actual del Coliseo podríamos admirar, además, la desaparecida Domus Aurea de Nerón; en la Piazza della Rotonda no encontraríamos tan sólo el actual Panteón como Adriano nos lo ha legado, sino también, en el mismo solar, la construcción original de M. Agripa, y además, en este terreno, la iglesia Maria sopra Minerva, sin contar el antiguo templo sobre el cual fue edificada. Y bastaría que el observador cambiara la dirección de su mirada o su punto de observación para hacer surgir una u otra de estas visiones.


Evidentemente, no tiene objeto alguno seguir el hilo de esta fantasía, pues nos lleva a lo inconcebible y aun a lo absurdo. Si pretendemos representar especialmente la sucesión histórica, sólo podremos hacerlo mediante la yuxtaposición en el espacio, pues éste no acepta dos contenidos distintos. Nuestro intento parece ser un juego vano; su única justificación es la de mostrarnos cuán lejos nos encontramos de poder captar las características de la vida psíquica mediante la representación descriptiva.


Aún tendremos que enfrentarnos con otra objeción. Se nos preguntará por qué recurrimos precisamente al pasado de una ciudad para compararlo con el pasado anímico. La hipótesis de la conservación total de lo pretérito está supeditada, también en la vida psíquica, a la condición de que el órgano del psiquismo haya quedado intacto, de que sus tejidos no hayan sufrido por traumatismo o inflamación. Pero las influencias destructivas comparables a estos factores patológicos no faltan en la historia de ninguna ciudad, aunque su pasado sea menos agitado que el de Roma, aunque, como Londres, jamás haya sido asolada por un enemigo. Aun la más apacible evolución de una ciudad incluye demoliciones y reconstrucciones que, en principio, la tornan inadecuada para semejante comparación con un organismo psíquico.”


[P.]

 


 
Vicente
Domínguez
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